Lo que ha sido depositado invisible en las conciencias, se transparenta en el testimonio de las apariencias. Kitab al-hikam El libro de la sabiduría Ahmad Ibn Ata´lllah.

Inauguración

Bueno, la cosa es que Ignacio tenía poderes. ¿Vale? Sí. Digámoslo así. Tenía poderes mágicos. Hacer creíble que Ignacio podía metamorfosearse en lo que le diese la gana suena más bien a cuento chino. Y, de hecho, lo es. No pretendo hacerle creer a nadie que lo que yo observaba era una realidad empíricamente demostrable. Sí es demostrable que yo era el único que parecía percatarse de los cambios de Ignacio. Digo Ignacio porque este fue el nombre con el que lo conocí, pero a lo largo de su existencia ha sido nombrado de muy diversas maneras: Ignacio, Nacho, Juan, Ramírez, incluso ha utilizado nombres femeninos o, hablando con propiedad, los nombres lo han utilizado a él. También ha usado algún que otro nombre holandés, chino (o japonés, la verdad es que no sé distinguir entre orientales). Decir que también lo ví cambiar de edad es una insensatez ya que, todos sabemos que hasta el último de los mortales cambia de edad a lo largo del tiempo. Los cambios de Ignacio, sí, mi amigo Ignacio el de la infancia, los cambios de Ignacio, digo, no respetaban precisamente el orden cronológico habitual. Pero de esto hablaré más tarde. Por resumir un poco, Ignacio cambiaba más bien de horóscopo. Vale, no os agobiéis: he soltado una serie de sin sentidos que tarde o temprano tendré que explicar. Por ahora quedaros con que Ignacio logró cambiar su fecha de nacimiento varias veces en su documento nacional de identidad. Explicar las querellas que tuvo que mantener con el aparato judicial es algo aburrido pero creo que es suficiente con deciros que, apoyándose en el camino abierto por Carod Rovira y los transexuales, consiguió salirse con la suya. Sí, en estos tiempos modernos todo parece efímero y mutable pero no se trata de eso. He aludido a los cambios de nombre y de edad (incluso de nacionalidad) para explicaros la manifestación más evidente de las mutaciones de mi amigo. Estos cambios legales os podrán parecer algo meramente superficial, constatativo, que no implican un cambio sustancial en la verdadera esencia de Ignacio. No, más bien quiero ofreceros estos datos para limar un poco vuestra incredulidad. A mí no me interesan, la verdad. Y no considero que un cambio onomástico implique una alteración general de la esencia de una persona. Miren a las estrellas del rock y del cine que cambiaron el nombre que sus santos padres les dieron por otro más artístico y pregúntense si el color de su piel ha mutado o si sus miembros han cambiado de tamaño por este simple hecho. Bueno, creo que he puesto un mal ejemplo. Me refería más bien a que el hecho de tener un nombre u otro no te cambia la vida. ¿O si? No sé sabe ya que fue lo primero, si la gallina o el huevo. Lo que quiero decir es que los cambios de Ignacio eran tan radicales que, el hecho de que se cambiara el nombre era algo meramente anecdótico. Anecdótico, banal, superficial: nada que ver con lo que, si me lo permitís, os voy a contar.

Clase 3º B.

¿Qué? Perdón. ¿Se puede? ¿Sí? Ah, vale, no tenéis nada que decirme por ahora. Yo sigo con mi perorata y vosotros seguís acumulando incongruencias. Total, no os queda más remedio que continuar la lectura para satisfacer vuestras ansias de sentido. Sólo deciros que antes, me refiero a antes de nosotros o quizás un poco más lejos, la gente no se preguntaba si las cosas tenían o no tenían sentido. Pero vosotros, como hombres modernos del siglo XXI, estáis en todo vuestro derecho de preguntaros el porqué de las cosas. Craso error he cometido: he mencionado un dato cronológico y ya no podré hacer pasar estos escritos como la incombustible sucesión universal de instantes eternos. Bueno, para el caso es lo de menos. Lo importante es la comunicación y el entendimiento y si para eso he de renunciar al uso de un lenguaje críptico que verdaderamente represente lo que quiero decir, está en vuestras manos el serme agradecidos. Yo siempre he pensado así, y por esta razón, retomando el asunto Ignacio, me acerqué a ese nuevo compañero de clase que parecía desafiarnos desde el momento en el que cruzó el umbral de la clase de tercero B. No me acuerdo muy bien, pero creo que le dije algo -en pro de la comunicación- entorno a sus zapatillas de marca.
-¿Te gustan?
Claro que me gustaban, las había visto ya en un almacen zarrapastrosos que estaban debajo de mi bloque y que ahora se ha convertido en un restaurante pakistaní y eran las zapatillas, aún me acuerdo en pesetas, más caras de todo el escaparate: las m-force.
-Tienen cámara de aire, y se hinchan si aprietas aquí, y se iluminan cuando andas ¿verdad?- contesté ansioso.
-Sí. ¿Nos las cambiamos? Dame el pie izquierdo.
Muerto de vergüenza acepté el trato y nos reímos los dos al vernos cada uno con un pie distinto.
-Ahora tú eres yo y yo soy tú.
Y la verdad es que desde que nos intercambiamos las zapatillas nos hicimos cada vez más amigos, casi inseparables. Íbamos a todas partes juntos y nos inventábamos juegos imposibles. Él venía a mi casa, se ponía mi ropa y hacía de hijo ante los ojos atónitos de mi madre. Yo hacía lo mismo, pero su madre ya estaba prevenida así que me seguía la corriente y me preguntaba apesadumbrada si me había portado bien en el colegio y si había saludado a mi padre. Poco a poco fui entrando más en su familia hasta que me convertí prácticamente en uno más de la casa. No sé como se sentiría él en la mía pero mis padres también lo trataban muy bien. En el colegio empecé a mejorar mis notas y todo parecía indicar que mi vida iba convergiendo hacia la vida de Ignacio sólo por el simple hecho de haberme puesto sus zapatillas. Incluso los profesores me trataban mejor que antes.
Un día, el de matemáticas, me sacó a la pizarra para que resolviese un problema muy difícil. Yo hice lo que pude, pero no encontraba la solución.
- Lo sabes. Lo que te pasa es que no sabes que lo sabes. Mira lo que has escrito lo suficiente como para hacer que no lo ves. ¿Ya?
En efecto, todos sabíamos todo. No tuve que mirar más allá, ni más atrás, ni rectificar ni preguntar a nadie. Estaba claro para todo el mundo. La solución era la misma pregunta. Resolví el problema con éxito y los compañeros también se sintieron partícipes de mi éxito al haber llegado a la misma conclusión desde sus pupitres. Todos se relajaron cuando marqué en el encerado la respuesta y me miraron con complicidad cuando regresé a mi asiento, como si ellos hubiesen sido los que volvían a casa victoriosos. Todos menos Ignacio, que miraba distraído por la ventana a la clase de enfrente. Se había pasado la hora entera observando a una maestra joven que daba clases de lengua a los niños de 5º C. Al salir de clase me dijo que la profesora estaba triste porque su escritura se inclinaba hacia abajo. A mí no me interesaba mucho, todavía disfrutaba de mi momento de gloria y me propuso el juego de imaginar qué le podía pasar a esa joven profesora de lengua. Hice varios intentos, pero entonces estaba más preocupado por vivir mi nueva vida de estudiante aplicado y con zapatillas de marca que en imaginarme la vida de los otros. Me sentía muy bien imaginándome mi propia vida y no tenía porqué meterme en más vidas. Yo era Ignacio, el nuevo alumno que sorprendía al resto con su ingenio pero creo que Ignacio se cansó pronto de ser yo.

Clase 5ºC.
Él seguía pasando las horas abstraido mirando por la ventana. Yo en cambio proseguía con mi ascenso imparable: en el recreo pasé de portero a capitán, todos los niños se peleaban por jugar en mi equipo. Incluso tuve una boda con la niña más guapa del colegio, mi novia Ana. Un día Ignacio me preguntó si no me había dado cuenta de que la maestra de 5º C había roto con su pareja. Yo, ocupado con la mía, no supe que decirle. Seguíamos sentándonos juntos pero su atención no estaba en nuestra clase, ni en sus zapatillas, ni en la pizarra.
Su atención descansaba en la pizarra de enfrente, en los dedos manchados de tiza de la maestra triste y en la falda arrugada en la que se limpiaba los dedos. El profesor parecía no reparar en la ausencia de Ignacio. Tan ausente estaba que parecía invisible. Sus preguntas las respondía yo y poco a poco fue desapareciendo de mi vida.
Ignacio no estaba sentado a mi lado, Ignacio avanzaba hacia la ventana, ascendía entre los dos edificios y volaba hasta pegar su naricilla en la ventana de la clase de 5ºC. Los alumnos no reparaban en el intruso que atravesaba el cristal y que se paseaba entre ellos. La maestra tampoco se dio cuenta de que se falda se alisaba y que las manchas de tiza desaparecían gracias a la gentileza de mi amigo que empezaba a tocarla con la mirada y a pasearse por encima de su collar de cuentas de ámbar, su terso cuello blanco, la camisa ceñida a la cintura y por sus tobillos cansados.
Sentía Ignacio que sus tobillos no aguantarían mucho más tiempo sobre esos tacones y que a lo mejor no merecía la pena ponerse tan guapa todas las mañanas para que nadie se diera cuenta del trabajo minucioso de combinar la ropa con buen gusto. Ya estaba harta de regalarse a los demás, de entregarse para que luego los alumnos fuesen dejando el colegio y la fuesen olvidando poco a poco. A partir de ahora se relajaría en clase y empezaría a ser ella misma, sin tener que guardar cordialidades ni condescendencias y empezaría a tratar a sus alumnos con el respeto que le inspirasen y no con el que todos se merecían.
-Said, sal a la pizarra.
El pequeño terrorista en potencia se levantó con desgana.
-Conjúgame el verbo... el verbo abandonar en indefinido.
El niño escribió en